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Aprender a leer: qué viene antes de las letras

Casi todo lo que decide si un niño leerá con soltura ocurre antes de que reconozca una sola letra. Y casi nada de eso se parece a leer.

Oír los sonidos por dentro de las palabras

La habilidad que mejor predice la lectura no tiene nada que ver con las letras: es darse cuenta de que «mesa» empieza igual que «mano», o de que si a «pato» le quitas el primer sonido queda «ato». Se entrena hablando y jugando, sin nada escrito delante, y es la que más se salta.

Las letras, una a una y con su sonido

El nombre de la letra y su sonido no son lo mismo, y confundirlos cuesta caro: un niño que aprende «eme» tiene que desandar el camino para leer «mamá». Primero las que más aparecen y más se distinguen entre sí, y siempre por su sonido.

Juntar: la primera sílaba

Aquí es donde se ve si lo anterior estaba firme. Juntar dos sonidos en una sílaba, y dos sílabas en una palabra, es un salto que se produce de golpe cuando la conciencia de los sonidos ya estaba, y que no llega por más letras que se repasen cuando no estaba.

Leer no es decodificar

Un niño puede pronunciar una frase entera sin haber entendido nada, y eso pasa a menudo con los que aprendieron rápido. Preguntarle qué acaba de leer —qué pasó, quién lo hizo— es lo que convierte la mecánica en lectura.

Cuándo preocuparse, y cuándo no

Cambiar la b por la d a los cinco años es normal. Seguir haciéndolo a los ocho, junto con dificultad para separar sonidos, ya merece una consulta. La diferencia no está en el error sino en la edad y en si viene acompañado.

Preguntas frecuentes

¿A qué edad se aprende a leer?

La mayoría entre los cinco y los siete años, y ese rango de dos años es normal, no un retraso. Empezar antes no adelanta el resultado: lo que adelanta es haber trabajado los sonidos.

¿Le enseño el nombre de las letras o su sonido?

El sonido. El nombre viene después y solo, y empezar por él obliga al niño a desaprenderlo cuando intente juntar su primera palabra.

¿Y si mi hijo no muestra ningún interés?

Es frecuente y rara vez es un problema. Que le lean en voz alta —y que hable mucho, sobre cualquier cosa— hace más por su lectura futura que cualquier ejercicio con letras hecho a la fuerza.